Yo era sólo un adolescente, inocente y soñador. Era octubre o casi noviembre, no recuerdo bien. Deseaba encontrar el amor. Escribí en una hoja de papel la lista de los rasgos que debía tener la chica que yo deseaba. La definí completamente, sus rasgos físicos y mentales, el color de su pelo, su estatura, el tono de sus ojos, su sonrisa, todo lo que me parecía esencial y significativo.

Llegada la noche salía al patio a mirar la Luna con la hoja de papel en la mano. Relajado, concentrado, miraba a la Luna y procedía a leer: “A ti Luna te pido este deseo…. Y leía la lista describiendo a mi chica ideal. Después cerraba los ojos y me visualizaba a mi mismo junto a esa chica, paseando, cogidos de la mano. Casi podía sentir la calidez de su mano, la suavidad de su piel, su sonrisa,… Durante unos segundos me quedaba con esa sensación, feliz. Repetí este ritual todas las noches desde cuarto creciente hasta luna llena. Durante el día estaba deseando que llegara la noche para hacer el ritual de nuevo y visualizar una escena con mi “chica ideal”.
Pasaron las semanas, la hoja de papel quedó arrinconada en un cajón. Sucedieron varias cosas en el ámbito familiar que me hicieron tener la atención puesta en la familia y el hogar. A los treinta días me había olvidado ya de aquel ritual de magia lunar, me había absorbido la vorágine del día a día, los estudios, una reforma de la casa, etc.
Pasó fin de año, llego el 1 de Enero y… la conocí. No diré su nombre, pero parecía caída del cielo. Habían pasado como cuarenta días, yo me había olvidado del tema y ahora… Ahí estaba ella, mirándome. Esa misma noche al llegar a casa busqué el papel con la lista de mi deseo y me estremecí al leerlo. No me quedó más que sentir agradecimiento y respeto. El resto ya es historia.
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